| La orilla estaba cubierta de mujeres negras,
lavando, y como el verano se hallaba en su mayor fuerza, el 15 de febrero
(1810), mucha gente se estaba bañando; [...]Tomamos tierra sobre
un muelle que se adelantaba hasta alguna distancia de la costa. Al llegar
al fuerte, que incluye un edificio grande y pesado, antes residencia de
los virreyes y ocupado ahora por el presidente de la Junta, tuve la agradable
sorpresa de hallar frente a él una amplia y hermosa plaza dividida
por una columnata, con tiendas a cada lado, opuesta a un edificio que más
tarde supe era el cabildo o ayuntamiento. Las calles divergen desde este
punto y se cortan en un ángulo recto, dividiendo la ciudad en grupos
macizos de 150 yardas (137 m.) cada uno. Entre el Fuerte y la columnata,
que se llama la Recova, había una cantidad de carretas cargadas de
frutas y verduras. Del lado opuesto, varios chiquillos a caballo galopaban
de una parte a la otra con sus tarros de leche, colgados sobre sus monturas.
[...]No vi coches; carros de caballos y de bueyes cruzaban la plaza en diferentes
direcciones. |
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Los primeros eran carros de dos ruedas tirados por
dos caballos [...]
Pasé de la plaza a las calles, que tenían aceras para
la comodidad de los peatones. Las casas están construidas con
ladrillos y están bien edificadas. Algunas sólo con un
piso bajo y grandes patios, pero generalmente con un piso alto sobre
la planta baja. Todas tienen techos planos y parapetos, adornados con
urnas, lo que les da un aspecto cuidado y causa gran impresión.
[...]"
"...presencié un fenómeno cuyas singulares circunstancias
me inducen a informar aquí sobre él. La atmósfera
se oscureció de repente, y todos los indicios anunciaban una
tormenta. Oyóse un estruendo y todos corrimos a la calle para
ver de qué procedía: cuando, estupefacto, vi una columna
de polvo más alta que las casas, y tan ancha como la calle, que
avanzaba hacia nosotros con rapidez y precedida por remolinos de viento
que levantaban las basuras y el polvo del aire. Apenas tuvimos tiempo
de cerrar las puertas y ventanas, cuando pasó, oscureciendo el
aire y forzando el polvo por las hendijas de puertas y ventanas, de
manera de cubrir todas las mesas y los muebles. La atmósfera
quedó de nuevo clara, pero el viento continuó soplando
con gran violencia. [...] Al tercer día el viento, que hasta
entonces había soplado del sureste, cambió al suroeste,
y soplando con fuerza pronto despejó un cielo claro y hermoso,
y en pocas horas las calles quedaron perfectamente secas.
"...el mate, así llamado por la calabaza en que esta bebida
se presenta siempre. Es una infusión de hierba del Paraguay,
que es de un gusto amargo y acre. Esta infusión es endulzada,
y a veces se le agrega un poquito de canela y de corteza de limón.
La calabaza, o mate, se coloca sobre un soporte de plata, y el líquido
es absorbido a través de un tubo de plata, provisto en su extremidad
inferior de un ensanchamiento globular, todo perforado por pequeños
agujeros para evitar que alguna partícula de la hierba pase por
él. El mate es el lujo de los ricos y el solaz de los pobres.
Lo beben apenas se levantan de la cama por la mañana y después
de la siesta, por la tarde, y a menudo se deleitan con él durante
el día. [...]
Las calles de Buenos Aires por lo común están pavimentadas,
y en el invierno se vuelven casi intransitables. Sin piedras ni madera
para construirlas o arreglarlas, utilizan huesos u osamentas de animales
para rellenar los pozos; el resultado puede imaginarse fácilmente.
Los caminos que conducen a través de los suburbios de la ciudad
son tan extremadamente malos, y las huellas tan hondas, que con gran
dificultad puede guiarse un coche por ellos,..."
Bibliografía: "Diario de Viaje a Río de Janeiro,
Buenos Aires y Chile. 1810-11", J. R . Poinsett
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NOTA:
ELECCIÓN
DE LA COSTA OCCIDENTAL PARA FUNDAR A BUENOS AIRES.
Don Diego de
Mendoza se había adelantado por orden de su hermano a estudiar
el Estuario del Plata para determinar cuál sería el
punto más ventajoso para el asiento de la nueva colonia.
Teniendo en vista las aproximaciones al Perú que buscaban,
era evidente que ese punto debía ser fijado en la costa occidental
del gran río. De modo que cuando don Pedro, siguiendo el
derrotero de Solís y de Gabotto, echó anclas en las
islas de San Gabriel, adoptó el acertado parecer de su hermano
y atravesó a la costa occidental, donde el riacho que llamaron
Riachuelo de los Navíos les proporcionaba un buen abrigo
para los barcos, y al lado terreno a propósito donde tenerlos
a la mano para acamparse quedando en comunicación expedita
no sólo con España, por la mar, sino con los ríos
interiores explorados por Gabotto, que eran la ruta que el Adelantado
traía fija en su ánimo al ir a disputar a Pizarro
y Almagro una grande y opulenta porción del país que
habían conquistado.
13. CONDICIONES
FÍSICAS DEL TERRENO. La perspectiva del terreno era bastante
montuosa por su frente. En las cejas del gran río y sobre
las barrancas formaba una zona extensa y enmarañada de robustos
y altísimos algarrobos, talas, espinillos y acacias, que
aglomerados unos con otros se extendían a lo largo desde
Quilmes a San Fernando. El terreno y sus bosques estaban plagados
de tigres tan bravos y tan celosos de sus dominios, que los soldados
españoles no podían separarse del campamento sino
en partidas armadas; lo que contribuyó mucho a las malísimas
impresiones que el lugar produjo en las gentes de la expedición,
según nos dice el padre Lozano.
14. OCUPACIÓN
DEL TERRENO Y ASIENTO DEL REAL. Aunque no es posible aseverar de
cierto cuál fue el día preciso en que Mendoza proclamara
a son de clarines, como era de usanza entonces, que tomaba posesión
del Río de la Plata a nombre del Rey de España, comparando
datos puede creerse que fue el 6 de enero de 1536. Ocupaban el terreno
dos razas de indígenas. Los guaraníes se extendían
por la ribera, emparentados con los habitantes de las islas y tierras
del Paraná y costas del Brasil. Hacia dentro, en las campañas,
abiertas llamadas Pampas predominaba otro tipo, congénere
de las razas del sur que se extendía hasta Chile con el nombre
de Tuelches, Phuenches, Araucanos, conocidos por los Quichuas del
Perú con el nombre general de QUIRA-AN-DIS; es decir ultramontanos.
(Quira: del otro lado) (Andis: de los Andes).
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